miércoles, 15 de mayo de 2013

Franco, como Pablito


Yo tenía unos 15 años. Se organizaba en el campo de deportes de la Escuela Domingo Savio un torneo de fútbol "Senior". Yo estaba de alcanza-pelota, atrás de uno de los arcos. En eso se arrima el “5” y me dice:

-Papá, me podes ver el nene.
-Sí, no hay problema- contesté.
-Tené cuidado que Pablito es especial. Es medio bruto para jugar. No mide la fuerza.

El nene, de unos 8 años, tenía síndrome de down.
Arrancó el partido y yo hacía mi trabajo mientras Pablito jugaba con una rama bastante larga. Hacía gráficos en el piso y después, con su pie, los borraba. Así, una y otra vez. Él, en su mundo, y yo, atento al partido: hasta ese momento no entendía la aclaración del padre sobre la fuerza. Yo, por ahí, lo hablaba y no me prestaba atención.

Segundo tiempo, el escenario atrás del arco era igual. En ese momento, se va una pelota por arriba del travesaño, a lo cual le alcanzo mi pelota al arquero y me voy a buscar la que se había ido del campo de juego. Apenas hago el primer paso, se me engancha el pie con la red del arco y allá fui: al piso. En ese instante Pablito dejó de garabatear y como si fuera un grito de guerra se escuchó de su boca un: “IIIIIIIIAAAAHHHHHH!!!”. Me empezó a dar ramazos, mientras carcajeaba. A todo esto, no podía desengancharme. Yo, medio sonriendo, le digo que pare (porque me estaba dando masa). Pablito interpretó que era un juego y me sacudió como 5 veces más hasta que me desenganché. Con una sonrisa en su rostro, volvió a su labor artística. Hasta el día de hoy me acuerdo de esa historia, y me río solo.

La pregunta del millón: ¿Qué tiene que ver que el salame del futuro taxista se enganche el pie con la red, con las historias de taxi?

La respuesta:
Miércoles, 10 de la noche: una señora y un niño, de unos 10 años, me hacen seña a la altura del Shopping de Duarte Quirós. Al subir, me dicen que van solo a diez cuadras, pero que el cristalito (niño, en jerga taxística) se había cansado de caminar. Apenas subió, el nene me dice: “¡Buenas!”. Yo le contesto igual. Él insiste diciéndome nuevamente: “Buenas”. Yo le contesto: “¡Que tal!”. Él insiste con su: “Buenas”. En ese instante, la madre le dice: “Ya está Franquito. Ya lo saludaste al señor”. Franquito sonrió satisfecho de haber cumplido, seguramente, con lo que le había enseñado su madre: saludar. De todos modos, me llamó la atención el porqué de su insistencia.

Habremos hecho una cuadra y el pequeño, que estaba sentado al medio de la butaca trasera, despega su espalda de la misma: apoyó sus codos en los respaldares delanteros, para tener mejor visión por el parabrisas. Habremos hecho una cuadra más, y la inquietud le ganó: me tocó el hombro, se tiró para atrás y se hizo una bolita en el asiento, mientras se reía. “Ya está Franquito”, le dice la madre, reprendiéndolo cariñosamente. “Franquito es especial. No se puede quedar quieto y quiere jugar con todo el mundo”, me explicaba la madre. Ya estábamos a escasos metros de la casa y escucho un: “¡Ahí! ¡Gracias!... ¡Ahí! ¡Gracias!”. Franco me indicaba dónde era su casa, y en la misma acción me agradecía.

Yo suelo regalarles una moneda a los chicos que se portan bien en el viaje, a modo de pequeñísimo premio. Es casi un acto de estricta justicia distinguir a los pasajeritos que se portan bien, de los que no (que son varios), aunque la culpa no sea necesariamente de estos. Franco, con su “Buenas” y su “Gracias” se lo había ganado cómodamente.

“¿Tenés alcancía?”, le pregunto, a lo cual Franquito me hace seña desesperadamente con su cabeza que sí. Se volvió a reclinar hacia adelante, apoyando sus codos en los asientos delanteros. “Tomá, para la alcancía”, le digo, dándole un peso. Al tomar la moneda, escucho que grita: “IIIIIIIIAAAAHHHHHH!!!”. En ese instante se me vino a la cabeza Pablito, a lo cual cerré los ojos esperando una trompada “juguetona” de Franco. Lo tenía a escasos 20 centímetros. Todo lo contrario: me dio un beso, en señal de agradecimiento, y se bajó. Si estas no son las cosas lindas del taxi…

jueves, 13 de diciembre de 2012

A la guardería van los nenes malos

En la jerga del taxi se suele utilizar la palabra “guardería” para hacer referencia a las cárceles; y a modo de humorada, cuando uno quiere brindar su ubicación, se suele agregar de qué lado del murallón de la penitenciaría se encuentra. Si necesito informarle el lugar en el que me hallo al operador, podría decir algo como: “Estoy en la guardería de San Martín… Del lado de afuera”. Precisamente, la historia que hoy les contaré hace referencia a la “guardería” Reverendo Francisco Luchesse, o sea, a la cárcel de Bower.

“Yo que pensé que a las cárceles las iba a conocer cuando me recibiera”, me dice la chica que acababa de subir (en adelante Ana). Cuando el pasajero lanza ese tipo de declaraciones, uno sabe que se viene una interesante conversación. Vendría a ser un equivalente a cuando uno ve que se infla la red de un arco: sabe que se viene el grito de gol. En mi caso, significa un “atento Rolando, que se viene una historia para el blog”.

Ana, de 19 años, me aborda en la calle Belgrano y, al subir, me indica que la lleve a Cofico. A los pocos metros, con esa capacidad que tienen los pasajeros para enganchar los temas de conversación (a veces muy poca capacidad), me dice: “¡Qué calor! No te podes imaginar el calor que hacía en Bower. Y yo que pensé que a las cárceles las iba a conocer cuando me recibiera”. Un poco abrupta la transición de un tema a otro. Estaba claro que la conversación giraría en torno a la “guardería”. Para no entrar de punta al tema, suavicé con un: “¿Estudias abogacía, trabajo social, psicología…?”. Abogacía, fue la respuesta. En realidad estiré casi nada la pregunta obligatoria: “¿Qué hacías en Bower?”. La pasajera me contaba que acababa de venir de ver al novio (Mauricio), de 21 años, quien estaba detenido en la penitenciaría.

“Viste el caso que salió en los medios, donde le robaron a una maestra y la tuvieron de rehén unas horas. Uno de los que estaba ahí era mi novio”, empezaba el relato Ana. Y siguió: “Imaginate qué voy a decir en mi casa: - Familia: salgo con un delincuente- . Mis papás son profesionales. No tengo necesidades. ¿Qué van a decir?”. Al no estar muy empapado de la noticia, preferí que me diera más información de “primera mano”. “Se juntó con un grupo de amigos, y prepararon el robo. Les salió mal porque cuando se estaban yendo llegó la policía. Encima, los estúpidos, decidieron agarrarla a la vieja de rehén. Mi novio, mientras negociaban sus amigos con la cana para entregarse, trato de escapar por el patio, pero lo agarró un policía: se hartaron de pegarle”, me contaba.

Uno podía descubrir del relato, que la noticia fue totalmente inesperada por Ana. Mi pregunta apuntaba a eso: “¿Vos sabías que él andaba en esto? ¿Trabajaba?”, salí al cruce. La pasajera, impulsivamente, me mira por el retrovisor y me dice: “Te juro que no sabía nada. El trabajaba de delibery en barrio Jardín. Justamente, yo le pregunté por qué hizo esto, si tenía trabajo. Él me dijo que era para poder darme más cosas a mí y a su madre. No lo entiendo, si yo jamás le pedí nada”, explicaba. Y agrega: “Él me pide disculpas a cada rato y dice que está arrepentido. También se lamenta, porque si todo salía bien, iba a ganar mucha plata. La vieja dijo en los medios que era una pobre docente, pero en realidad, según me dice mi novio, se dedicaba además a ser prestamista”.

El abogado defensor, según me contaba Ana, cree que el "caco" Mauricio (diría Crónica) está complicado, por eso le dictaron la prisión preventiva. Dicho de manera simple, como se dice en Alberdi: el chanta está hasta las manos, porque lo agarraron con las manos en la masa, y lo tienen guardado para que no se tome el palo.

La historia era parecida a la de las novelas mexicanas que pasan a la siesta por canal 8: una historia de amor signada por el delito y el (posible) desprecio familiar. También podría ser Romeo y Julieta, versión 2012, donde los Capuleto se pondrían “chivos” porque resulta que Romeo es choro. Como era muy difícil que “Mauri” salga libre, pregunté a Ana qué haría con respecto a la relación: “La verdad no sé. No me veo yéndolo a visitar todos los días a la cárcel”. Con esta respuesta, claramente “Julieta” no se iba a suicidar por amor.

De esto pude sacar cuatro conclusiones. Primero, que la relación quedaba supeditada a la sentencia del juez. Segundo, que Mauricio no estaba realmente arrepentido, porque seguía enfocándose en el “jugoso premio” que se iba a llevar. Tercero, que los que joden a las maestras, se quedan a dormir en la guardería. Y cuarto: que voy a pensarlo dos veces cuando pida pizzas en barrio Jardín.

martes, 3 de julio de 2012

Cómo hacer seña

He venido descuidando mucho está sección en el último tiempo, favoreciendo ampliamente el relato de las historias que me cuentan o me suceden en el taxi. A raíz de esto, hoy dedicaré esta entrada a una situación que más de una vez ocurre en la labor diaria. El hecho es el siguiente: un usuario está en una parada de colectivo y se aproxima un taxi y, justo atrás, un ómnibus que se detendrá en la parada donde estamos. La pregunta es la siguiente: ¿El usuario tiene alguna forma de hacer una seña clara para indicar cual de los dos servicios de transporte precisa? La respuesta es afirmativa, y posee una efectividad de un 90 % (Encuesta no probabilística por conveniencia, je).
Esta sería la forma habitual de hacer seña en cualquier lugar para solicitar el servicio de un taxi o un ómnibus.
En la hipótesis planteada más arriba, si uno quisiera hacerle seña al micro, evitando que el taxi se frene en vano, debería hacer esta seña.
Por el contrario, si uno quiere hacerle seña al taxi y asegurarse que el mismo no interprete de manera errónea que usted le está haciendo seña al colectivo, deberá usar esta seña, así el vehículo menor se detiene. Vale aclarar que esto no posee rigor científico. Simplemente es una costumbre urbana que reporta muchos beneficios para transportistas y pasajeros.
GRAGEA 1: En Córdoba Capital, cada taxi está obligado por Ordenanza a llevar 10 bajadas de bandera de cambio para dar vuelto. Es decir que si usted realiza un viaje de 30 pesos y abona con 100, el taxista no podría negarse a aceptar el billete (ya que la bajada de bandera hoy es 7 pesos. 7x10: 70 pesos de cambio)Igualmente, siempre es una buena costumbre preguntar antes de subir si tiene cambio el taxista.
GRAGEA 2: En horarios nocturnos, los taxistas estamos autorizados por Ordenanza a llevar acompañante como medida de seguridad. En caso de que el taxi que usted aborde lleve un acompañante, el máximo de pasajeros que el vehículo de alquiler podrá trasladar pasarán a ser tres.

jueves, 12 de abril de 2012

Deber de fidelidad… PONELE

Quizás se vino a la ciudad porque en Mina Clavero no había mucha emoción. Pero en la “city” se le fue la mano.

Subió a la altura del Estadio Córdoba y necesitaba ir a la zona este de la ciudad: era un viaje bastante largo. Cómo será de extenso, que Adrián (nombre ficticio), mi pasajero, se tomó 15 minutos para hablar del clima, y ahí sí me contó su historia. Debo haber mostrado mucha empatía cuando le dije “sí, está fresco”, cuestión que lo motivó a confesar sus aventuras por “estas pampas” (je).

“Ahora camino derecho, pero hasta hace poquito tenía un huesito re absorbente”, empezaba su relato Adrián. Hace 10 años se mudó de Mina Clavero a Córdoba. Ahora, ya con 40 abriles, no estaba dispuesto a perder el tiempo.

“Yo antes me portaba bien, pero todo cambia, todo tiene un final loco”, expresó. En ese momento pensaba: este está mezclando dos canciones… por un lado cambia, todo cambia de Mercedes Sosa, y por otro nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina de Tango feroz. En fin, la cuestión que ahora se hacía el pirata, y su versión lo iba a corroborar.

“Un amigo mío andaba de trampa. Al vago en un momento casi se le destapó la olla y lo empezaron a marcar de cerca. Un día me dice que le iba a cortar el mambo al amor infiel (ahora al pasajero se le dio por La Barra) para no tener problemas con la bruja. Yo, en joda, le digo que le pase mi número al hueso, que me iba a encargar de la atención”, me contaba Adrián, haciéndose el Lorenzo Escamas, el Marlo Blando. “Vos podés creer que pasó una hora y me llama la minita para que nos juntemos. La cuestión es que fuimos a lo concreto de una. No sabés lo que era… una habilidad para…”, mencionaba.

En su relato, me contaba que la situación era por demás complicada: él casado, “la habilidosa”, casada también. “El problema de esta mina era que te llamaba de una para amarnos sin control (bue… Ana Gabriel), y tenías que estar ahí al toque, sino después te hacía un escándalo. Otro problema es que nos teníamos que cuidar de otra persona más, además de su esposo y mi señora: mi amigo. El muy irreverente (en realidad el pasajero dijo “culiado”, pero queda feo poner esa expresión acá), le dijo que no se vaya a enganchar conmigo. Se ve que primero me recomendó, pero después se arrepintió, así que ella no le contaba que todavía me frecuentaba”, alegaba.

Y como si la canción El Oso fuere una verdad pétrea, todo concluye al fin. Hasta el amor clandestino (… Maná) tiene su finiquito: “No loco, me cansé. Tres años me la banqué a “la habilidosa”. La mina se creía que porque era grosa tenía derecho a mandarme y pedirme cosas como si fuera mi esposa. Ma’ si… Ahora bajé un cambio. La dejé a esta y me separé de mi señora. Ahora estoy de novio con una maestra rural. Ojo, tiene lo suyo, ¡eh!”, concluyó.

Se bajó el pasajero y me quedé pensando, quizás, en un dato menor: ¿Con qué derecho el amigo de Adrián le pide a “la habilidosa” que no se enganche con Adrián? Un engañador le pide a una engañadora que no lo engañe… No entiendo nada.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Los primos son como hermanos… del Diablo

“Éramos como hermanas. Le confiaba mis hijos para que los cuide. Le fui garante en un par de créditos y hasta le preste un buen dinero en varias ocasiones, hasta que decidí no hacerlo más. Ella no es nadie para mí hoy”, decía Florencia refiriéndose a Marlene, su prima. Ante este tipo de declaraciones uno tiene la obligación de preguntar, casi como si se tratara de un acto de cortesía.

“¿Te explico?”, me preguntaba Florencia mientras habría los ojos como el jugador que ve que le hacen “piedra libre para todos los compas”. Por supuesto que iba a decir que sí, sino no estaría acá redactando, jeje.

“Hace 3 años tenía un muy buen pasar económico. Me compré un departamentito en Santa Isabel II y, para generar ingresos, me puse un kiosco. Me faltaba el auto, así es que junto a mi novio decidimos empezar a ahorrar”. Así iniciaba su extenso relato Florencia. Y sigue: “Por aquellos días yo le decía a mi prima que viniera a cuidarme los chicos al departamento, porque el trabajo me impedía estar todo el tiempo con ellos. Ella siempre era materia dispuesta. Muchas veces Marlene los llevaba a la escuela, les cocinaba. Yo, por supuesto, estaba feliz por dejárselos a alguien de confianza. Nos conocemos desde niñas; compartíamos las muñecas, las salidas, los secretos”.

Hasta aquí Marlene era una prima que iba camino a la santidad. Estaba “Jean Paul Second” y venía Sor Marlene. Pero ¡cuidado!, porque por ahí el helado trae pedazos de hielo…. (Si es que se me permite esta metáfora barata robada de una tarjeta Junot, jeje).

“Yo todos los meses compraba Dólares y los guardaba en un recoveco del depto. Cuando ya había juntado unos 62 mil pesos, decidí comprar el auto “tiki taka”. Cuando voy a buscar la plata, no había nada. Imaginate mi desesperación. Al ratito llega Marlene y me ve así: ni me preguntó que me pasaba. Se quedó diez minutos y me dijo que se tenía que ir. El lunes siguiente tenía que cuidarme los chicos: no volvió a llamarme por 3 meses”, me contaba con voz firme. Este cimbrón económico – delictual - familiar le ocasionó problemas en su pareja que devinieron en la separación, sobre todo teniendo en cuenta que los ahorros eran comunes (... y de que la prima era de Florencia, no del novio también victima del ilícito). “Este postre tiene frutilla y cereza”, me decía irónicamente Florencia. Hizo un breve silencio y continuó: “La mina me clavó además con unas garantías que le había firmado, así que perdí el kiosco y el departamento. Otra cosa que me jode, y mucho, es que mis chicos van al mismo colegio que la hija de Marlene. Yo los tengo que ir a buscar a pie, y esta se compró un auto con mí plata y la puede llevar y traer a la hija lo más bien”.

“Esta chica no tiene códigos”, le dije (horario de protección al menor: ON). “Ahora estoy viviendo con mi abuela porque me quedé sin nada. Cómo será, que en diciembre se me rompió el celular, y entre mi abuela y mi mamá me regalaron un aparato porque yo no me podía comprar uno. Yo no sabía que era con abono, así que al tercer mes me lo cortaron. Cuando voy a pagar me dicen que era un plan corporativo, por lo tanto tenía que pagar la deuda mía, más la de otros dos celulares que pertenecían al plan. Yo pensaba que las otras dos líneas pertenecían a Ricardo, mi hermano, y a mi mamá, así que las pagué de una. Después, para sacarme la duda, le pregunté a mi abuela de quienes eran los corporativos…”, me contaba Florencia, ya un poco más tranquila. Creo que en estos momentos, Walter Nelson diría “ta tannnnn ta tannnnnnn”. La respuesta sobre la titularidad de los otros celulares era casi obvia, sobre todo teniendo en cuenta que la estimada Florencia venía siendo excretada por un paquidermo en seguidas ocasiones. “Mi abuela me dice que una de las líneas era de Ricardo…. y la otra de Marlene. Hasta sin querer y todo me sigue cagando la mina esta (horario de protección al menor: OFF)”, se exaltó.

Ah! Me olvidaba… Esta historia me la contó una pasajera. Todo empezó cuando me dijo que la llevase a Barrio Santa Isabel II. Yo simplemente le había dicho que era un lindo barrio.

jueves, 1 de marzo de 2012

Cómplice de un “delito”

De la central de radiotaxis me otorgan un viaje a barrio Los Paraísos. Llego a destino y toco bocina. Doce de la noche, sábado. El pasajero se demoraba y no corría una “gota de aire”: no había ventanillas bajas que paliaran la situación. Tras esperar unos minutos, el pasajero sube por el lado de la calle: ya comenzó mal.

“¡Chau gordi!”, saludaba el pasajero a la “gordi” que le tiraba un beso desde la vereda. Automáticamente Gonzalo (nombre ficticio), mi pasajero, me dice con voz elevada: "¡Vamos a Alta Córdoba!". Apenas hicimos 50 metros, me cambia el destino y me dice que vayamos a Marqués de Sobremonte.

-Te explico… en realidad me tengo que ir a verla a “Ella”, que vive en Marqués - me dice Gonzalo.

-Ahhhh!, yo pensé que ella era “Ella” – apelé.

-Esta es la oficial – sonrió.

A sabiendas que estaba tratando con un tramposo de día sábado, emprendí mi viaje al barrio con trazado más complicado de toda la ciudad. Hasta aquí yo estaba siendo un partícipe secundario de su “delito”. Pero el pasajero decidió convertirme en partícipe necesario:

-Negro, por favor no me mandes al frente si llama mi novia a la central. Vos decí que me llevaste a Alta Córdoba.

- Perooooooooo ¿por qué llamaría tu novia a la central?

- Porque ya lo hizo una vez y preguntó a donde me habían llevado. Un colega tuyo me enterró hasta el cuello. Igual “la piloteé” y zafé.

- ¿Cada vez que vas para allá lo advertís al taxista?

- Ajám…

- ¿Pero no corrés mucho riesgo que te enganche algún conocido de ella? No se… que te vean por ahí con la segunda.

- Naaaa, si ahora voy a quedarme a dormir a la casa. No me muestro mucho con "la de Marqués". Es más, tengo llave de la casa y todo, así que cuando llegue me mando de una. Casi no hay forma que me descubran. Todo depende de vos loco (sonrió).

- ¿Y hace mucho que “visitás Marqués”?

- Dos años.

- Ahhhh! La llevás bastante bien... Ahora: ¿”La de Marqués” sabe de “la de Los Paraísos?

- Nuuuuuuuuuu…. Ambas creen que son únicas. Duermo la mitad de la semana con cada una.

Llegamos al destino final: calle Del Cabildo (no voy a dar más datos, no vaya a ser que la novia rastreadora lo “googleeé” y llegue a este blog, jeje).

- Quince con setenta y cinco, maestro – le digo.

- Cobrá dieciséis, por tu silencio - contestó Gonzalo.

Ahí me di cuenta de dos cosas: primero, lo barato que era como "mercenario". Segundo, que me había convertido realmente en un cómplice de este “delincuente”. Ya no se trataba de callar omitiendo decir la verdad (como muchas veces me ha tocado obrar en el taxi), sino de tener una actitud activa mintiendo. Gracias a Dios, todo quedó en grado de tentativa (al menos, mi participación en el “delito”): la mujer nunca llamó.

lunes, 6 de febrero de 2012

Policía atrapado

“Nos conocimos en la fuerza”, me dice la policía que hacía las veces de pasajera haciendo referencia a su marido. Ya estaba un poquito avanzada la conversación y, por supuesto, habíamos superado la temática de “lo loco que está el tiempo” y demás yerbas. Me había tomado en el centro e iba a barrio Patricios.

Me empezó a contar de su matrimonio y de su comienzo tumultuoso: “Nos conocimos en la fuerza. Empezamos a estudiar en la escuela de policías y sobre el final del curso de agente (dura 9 meses) nos pusimos de novio”, me explicaba la pasajera. Pero el comentario que hizo parecía incompleto. Era notable que, si habláramos de escritura, eso fueron puntos suspensivos, y no un punto final en su declaración. “Pero se portaba mal al comienzo”, agregó comenzando su descargo. Me mencionó que una vez terminado el curso, su esposo (por entonces flamante novio) trabajaba todos los Sábados a la noche en la comisaría 9na, con lo cual no podía organizar salidas de pareja para ese día de la semana; y eso claramente le jodía. “Mi papá es policía también y él una vez me dijo que no se podía asignar incesantemente a un efectivo en un mismo horario tedioso o poco amigable, porque constituiría un abuso por parte de su superior; entonces comencé a sospechar de que algo andaba mal o, mejor dicho, de que este la estaba haciendo bien”, relataba la uniformada.

Con ese escenario, y con su sexto sentido agudizado, decidió sacarse las dudas sobre el posible entuerto: se puso de acuerdo con su hermana para que, exactamente al mismo tiempo, ella llamara a la comisaría 9na pidiendo por su cuñado y mi pasajera, en ese instante, se contactara vía telefónica con su novio. El plan era perfecto. “Eran las 11 de la noche. Marcamos al mismo tiempo. Mientras yo empiezo a hablar con el guacho este que me decía que estaba muy cansado por la guardia que estaba llevando a cabo, mi hermana me dice por medio de señas que se había ido de la comisaría a las 3 de la tarde. Yo no me iba a quedar así como así. Primero me hice la pava y le dije que le iba a abrir un sumario a su superior por abusarse de su autoridad y recluirlo todos los sábados a la noche, porque eso constituía un exceso de mando y le corte. Me llamaba y me llamaba y no le atendía; él desesperado para que no abriera el sumario. Decidí atender y le pedí directamente que me dijera la verdad”, me explicaba enérgicamente la pasajera. El novio estaba atrapado en una jaula de leones: estaba encerrado y no le quedó otra que confesar que le era infiel. “Yo lo perdoné porque es entendible que no estuviera tan enganchado conmigo. Recién hacía 6 meses que salíamos”, justificaba la pasajera. O mejor dicho, lo justificaba la pasajera.

“Nunca más me engañó”, fue la frase con la que comenzaba el cierre de la charla. "O nunca más lo volvieron a agarrar al poli”, pensaba yo(jeje). Íbamos llegando al final del viaje y yo le menciono mi admiración por su capacidad de perdonar. “Yo lo perdoné. Ahora estamos casados; es otra cosa. Pero cada tanto le hago una miradita al celular de él o sino cuando él se junta en casa y juega a la Play con sus amigos, y yo supuestamente estoy dormida, me arrimo a la puerta del comedor y paro la oreja para ver si trama algo”, concluyó.

Está claro ¿no? ¿Perdón a medias o secuelas de heridas cerradas? En fin… una de las tantas historias que se pueden contar en un vehículo de alquiler.