martes, 3 de julio de 2012

Cómo hacer seña

He venido descuidando mucho está sección en el último tiempo, favoreciendo ampliamente el relato de las historias que me cuentan o me suceden en el taxi. A raíz de esto, hoy dedicaré esta entrada a una situación que más de una vez ocurre en la labor diaria. El hecho es el siguiente: un usuario está en una parada de colectivo y se aproxima un taxi y, justo atrás, un ómnibus que se detendrá en la parada donde estamos. La pregunta es la siguiente: ¿El usuario tiene alguna forma de hacer una seña clara para indicar cual de los dos servicios de transporte precisa? La respuesta es afirmativa, y posee una efectividad de un 90 % (Encuesta no probabilística por conveniencia, je).
Esta sería la forma habitual de hacer seña en cualquier lugar para solicitar el servicio de un taxi o un ómnibus.
En la hipótesis planteada más arriba, si uno quisiera hacerle seña al micro, evitando que el taxi se frene en vano, debería hacer esta seña.
Por el contrario, si uno quiere hacerle seña al taxi y asegurarse que el mismo no interprete de manera errónea que usted le está haciendo seña al colectivo, deberá usar esta seña, así el vehículo menor se detiene. Vale aclarar que esto no posee rigor científico. Simplemente es una costumbre urbana que reporta muchos beneficios para transportistas y pasajeros.
GRAGEA 1: En Córdoba Capital, cada taxi está obligado por Ordenanza a llevar 10 bajadas de bandera de cambio para dar vuelto. Es decir que si usted realiza un viaje de 30 pesos y abona con 100, el taxista no podría negarse a aceptar el billete (ya que la bajada de bandera hoy es 7 pesos. 7x10: 70 pesos de cambio)Igualmente, siempre es una buena costumbre preguntar antes de subir si tiene cambio el taxista.
GRAGEA 2: En horarios nocturnos, los taxistas estamos autorizados por Ordenanza a llevar acompañante como medida de seguridad. En caso de que el taxi que usted aborde lleve un acompañante, el máximo de pasajeros que el vehículo de alquiler podrá trasladar pasarán a ser tres.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Los primos son como hermanos… del Diablo

“Éramos como hermanas. Le confiaba mis hijos para que los cuide. Le fui garante en un par de créditos y hasta le preste un buen dinero en varias ocasiones, hasta que decidí no hacerlo más. Ella no es nadie para mí hoy”, decía Florencia refiriéndose a Marlene, su prima. Ante este tipo de declaraciones uno tiene la obligación de preguntar, casi como si se tratara de un acto de cortesía.

“¿Te explico?”, me preguntaba Florencia mientras habría los ojos como el jugador que ve que le hacen “piedra libre para todos los compas”. Por supuesto que iba a decir que sí, sino no estaría acá redactando, jeje.

“Hace 3 años tenía un muy buen pasar económico. Me compré un departamentito en Santa Isabel II y, para generar ingresos, me puse un kiosco. Me faltaba el auto, así es que junto a mi novio decidimos empezar a ahorrar”. Así iniciaba su extenso relato Florencia. Y sigue: “Por aquellos días yo le decía a mi prima que viniera a cuidarme los chicos al departamento, porque el trabajo me impedía estar todo el tiempo con ellos. Ella siempre era materia dispuesta. Muchas veces Marlene los llevaba a la escuela, les cocinaba. Yo, por supuesto, estaba feliz por dejárselos a alguien de confianza. Nos conocemos desde niñas; compartíamos las muñecas, las salidas, los secretos”.

Hasta aquí Marlene era una prima que iba camino a la santidad. Estaba “Jean Paul Second” y venía Sor Marlene. Pero ¡cuidado!, porque por ahí el helado trae pedazos de hielo…. (Si es que se me permite esta metáfora barata robada de una tarjeta Junot, jeje).

“Yo todos los meses compraba Dólares y los guardaba en un recoveco del depto. Cuando ya había juntado unos 62 mil pesos, decidí comprar el auto “tiki taka”. Cuando voy a buscar la plata, no había nada. Imaginate mi desesperación. Al ratito llega Marlene y me ve así: ni me preguntó que me pasaba. Se quedó diez minutos y me dijo que se tenía que ir. El lunes siguiente tenía que cuidarme los chicos: no volvió a llamarme por 3 meses”, me contaba con voz firme. Este cimbrón económico – delictual - familiar le ocasionó problemas en su pareja que devinieron en la separación, sobre todo teniendo en cuenta que los ahorros eran comunes (... y de que la prima era de Florencia, no del novio también victima del ilícito). “Este postre tiene frutilla y cereza”, me decía irónicamente Florencia. Hizo un breve silencio y continuó: “La mina me clavó además con unas garantías que le había firmado, así que perdí el kiosco y el departamento. Otra cosa que me jode, y mucho, es que mis chicos van al mismo colegio que la hija de Marlene. Yo los tengo que ir a buscar a pie, y esta se compró un auto con mí plata y la puede llevar y traer a la hija lo más bien”.

“Esta chica no tiene códigos”, le dije (horario de protección al menor: ON). “Ahora estoy viviendo con mi abuela porque me quedé sin nada. Cómo será, que en diciembre se me rompió el celular, y entre mi abuela y mi mamá me regalaron un aparato porque yo no me podía comprar uno. Yo no sabía que era con abono, así que al tercer mes me lo cortaron. Cuando voy a pagar me dicen que era un plan corporativo, por lo tanto tenía que pagar la deuda mía, más la de otros dos celulares que pertenecían al plan. Yo pensaba que las otras dos líneas pertenecían a Ricardo, mi hermano, y a mi mamá, así que las pagué de una. Después, para sacarme la duda, le pregunté a mi abuela de quienes eran los corporativos…”, me contaba Florencia, ya un poco más tranquila. Creo que en estos momentos, Walter Nelson diría “ta tannnnn ta tannnnnnn”. La respuesta sobre la titularidad de los otros celulares era casi obvia, sobre todo teniendo en cuenta que la estimada Florencia venía siendo excretada por un paquidermo en seguidas ocasiones. “Mi abuela me dice que una de las líneas era de Ricardo…. y la otra de Marlene. Hasta sin querer y todo me sigue cagando la mina esta (horario de protección al menor: OFF)”, se exaltó.

Ah! Me olvidaba… Esta historia me la contó una pasajera. Todo empezó cuando me dijo que la llevase a Barrio Santa Isabel II. Yo simplemente le había dicho que era un lindo barrio.

lunes, 6 de febrero de 2012

Policía atrapado

“Nos conocimos en la fuerza”, me dice la policía que hacía las veces de pasajera haciendo referencia a su marido. Ya estaba un poquito avanzada la conversación y, por supuesto, habíamos superado la temática de “lo loco que está el tiempo” y demás yerbas. Me había tomado en el centro e iba a barrio Patricios.

Me empezó a contar de su matrimonio y de su comienzo tumultuoso: “Nos conocimos en la fuerza. Empezamos a estudiar en la escuela de policías y sobre el final del curso de agente (dura 9 meses) nos pusimos de novio”, me explicaba la pasajera. Pero el comentario que hizo parecía incompleto. Era notable que, si habláramos de escritura, eso fueron puntos suspensivos, y no un punto final en su declaración. “Pero se portaba mal al comienzo”, agregó comenzando su descargo. Me mencionó que una vez terminado el curso, su esposo (por entonces flamante novio) trabajaba todos los Sábados a la noche en la comisaría 9na, con lo cual no podía organizar salidas de pareja para ese día de la semana; y eso claramente le jodía. “Mi papá es policía también y él una vez me dijo que no se podía asignar incesantemente a un efectivo en un mismo horario tedioso o poco amigable, porque constituiría un abuso por parte de su superior; entonces comencé a sospechar de que algo andaba mal o, mejor dicho, de que este la estaba haciendo bien”, relataba la uniformada.

Con ese escenario, y con su sexto sentido agudizado, decidió sacarse las dudas sobre el posible entuerto: se puso de acuerdo con su hermana para que, exactamente al mismo tiempo, ella llamara a la comisaría 9na pidiendo por su cuñado y mi pasajera, en ese instante, se contactara vía telefónica con su novio. El plan era perfecto. “Eran las 11 de la noche. Marcamos al mismo tiempo. Mientras yo empiezo a hablar con el guacho este que me decía que estaba muy cansado por la guardia que estaba llevando a cabo, mi hermana me dice por medio de señas que se había ido de la comisaría a las 3 de la tarde. Yo no me iba a quedar así como así. Primero me hice la pava y le dije que le iba a abrir un sumario a su superior por abusarse de su autoridad y recluirlo todos los sábados a la noche, porque eso constituía un exceso de mando y le corte. Me llamaba y me llamaba y no le atendía; él desesperado para que no abriera el sumario. Decidí atender y le pedí directamente que me dijera la verdad”, me explicaba enérgicamente la pasajera. El novio estaba atrapado en una jaula de leones: estaba encerrado y no le quedó otra que confesar que le era infiel. “Yo lo perdoné porque es entendible que no estuviera tan enganchado conmigo. Recién hacía 6 meses que salíamos”, justificaba la pasajera. O mejor dicho, lo justificaba la pasajera.

“Nunca más me engañó”, fue la frase con la que comenzaba el cierre de la charla. "O nunca más lo volvieron a agarrar al poli”, pensaba yo(jeje). Íbamos llegando al final del viaje y yo le menciono mi admiración por su capacidad de perdonar. “Yo lo perdoné. Ahora estamos casados; es otra cosa. Pero cada tanto le hago una miradita al celular de él o sino cuando él se junta en casa y juega a la Play con sus amigos, y yo supuestamente estoy dormida, me arrimo a la puerta del comedor y paro la oreja para ver si trama algo”, concluyó.

Está claro ¿no? ¿Perdón a medias o secuelas de heridas cerradas? En fin… una de las tantas historias que se pueden contar en un vehículo de alquiler.

martes, 17 de enero de 2012

Pidiendo pista…

Dicen que el mundo es un pañuelo… y hace muy poco tiempo lo pude comprobar. “Eran las diez de la noche, piloteaba mi nave”, diría Arjona. La diferencia es que yo no “zigzagueaba en Reforma”, sino que lo hacía a la altura del Sheraton. Cuando paso por el frente del hotel, un hombre de traje va saliendo del mismo y entre la oscuridad me hace seña. Al subir, me indica que vayamos a barrio Cofico, al pasaje Santos Vega. Cuando se iluminó el interior del auto pude ver que ese traje tenía cintillas: se trataba de un piloto. Empezamos a hablar de su trabajo, sobre las vicisitudes de volar y de los riesgos de que se te apague un motor en pleno vuelo. En fin, cuestiones que uno puede hablar con un piloto. Si fuera otro taxista mi pasajero, uno hablaría de las vicisitudes de manejar y de los riesgos de que se te pare el motor en General Paz y Colón.

Dejando de lado su profesión, me cuenta que él era bonaerense, pero que no tenía residencia fija por su trabajo y que venía a visitar a una “chica” que él tenía por estas latitudes. A todo esto, el piloto tenía unos 50 años, así que me interesaba de qué edad estábamos hablando en el caso de la chica. Me cuenta que hacía unos meses que salía con la mencionada y que tenía sus encantos. Mi curiosidad crecía más. Llegamos a destino: quince pesos marcaba el reloj taxímetro. En lo que me estaba pagando, se abre la puerta de la casa y por el filo de la puerta alcanzo a ver a una mujer de unos 45 años vestida muy sensual, con un camisón “transparentón”, medias y porta ligas. No la iba a pasar nada mal mi pasajero.

Habrán pasado como seis meses; me sube una mujer al taxi y me pide que vayamos bastante rápido al aeropuerto, porque iba a recibir a una persona que provenía de España. Mientras se va desarrollando la conversación, me dice que por pedido expreso de ella “esa persona” estaba viniendo a Córdoba. “Lo nuestro no da para más. Hace un tiempo que salimos, pero esto no da más. A mí me gusta, es apuesto, pero a la distancia no se puede. Lo hago venir para ponerle punto final a esto”, dijo. Vamos llegando al aeropuerto, y yo le menciono si la finalización de la pareja no se podría haber hecho por otro medio, sobre todo teniendo en cuenta que el “mozo” iba a tener que hacer un interesante viaje “para que lo fleten” y además se iba a tener que gastar su buen dinero en el pasaje. “El vuelo no le sale nada a él. Él es piloto”, me dijo la pasajera sonriendo mientras descendía del taxi.

Inmediatamente mi cabeza trató de recordar en donde había levantado a esta pasajera: la respuesta era el pasaje Santos Vega. “Mira si es grande el destino y esta ciudad es chica”, seguiría diciendo Arjona; el piloto que me había tomado hace seis meses tenía las horas contadas. Conocí el auge de la pareja y también su apogeo. Fue una relación de poco vuelo, si se me permite la expresión. Por cierto, y para concluir: la vestimenta sensual engaña.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Taxi de bodas

En el taxi, no solo me tocó asistir a un velorio para llevar una corona a un difunto equivocado. El “amarillo” también tiene cosas positivas impensadas.

Sábado, 23 horas. Me hace seña una pareja en el Bv. Las Heras (generalmente así empiezan los viajes: con la seña del pasajero para que uno se detenga… JEJE). Ambos estaban bien vestidos, como para asistir a una fiesta. Suben, y me dicen el destino: “Barrio General Paz”. Seguido de esto, el pasajero acota: “estamos llegando tarde al casamiento”. Yo, haciéndome el “pícaro” y chistoso a la vez, le digo: “mientras ustedes no sean los novios”. “Somos los novios”, me contesta la pasajera de manera sonriente. Sinceramente me dejó tan descolocado la respuesta, que me quedé por varias cuadras en silencio.

En sí, el viaje era corto. No me quedaba mucho tiempo y tenía que averiguar porqué no alquilaron un auto o pidieron prestado uno para llegar al salón de fiestas: se habría roto, una nueva moda en los casamientos quizás, una decisión exótica para impresionar tal vez. Mil cosas se me venían a la cabeza. ¿Cuál es la manera más fácil de enterarse de algo? Preguntando. Pero el tema es cómo preguntarlo. Allí fui con mi pregunta al punto (me quedaban 5 cuadras de viaje): “¿Por qué al Salón de fiestas en taxi?" El novio ya tenía la respuesta lista, como sabiendo que se venía mi pregunta. “Hace 4 años que convivimos. Esto es mera formalidad. Es más, hicimos “joda” porque nos pidieron nuestros conocidos. Si por nosotros fuera, moría todo en el “civil” de ayer”, argumentaba el novio. “La idea es hacer algo súper informal, por eso alquilamos un resto-bar para la fiesta”, completó la novia.

Pese a la versión de los novios, los que parecían no entender lo de “informal” fueron los familiares y amigos. Iba llegando y todos esperaban a la feliz pareja afuera del resto-bar. El semáforo me dio rojo, justo media cuadra antes del lugar festivo: aproveché para cobrar el viaje para que frente al salón los novios sólo tuvieran que sonreír ante las cámaras y saludar. Me acomodé el cuello de la camisa, puse “cara de confites” y allá fuimos. Balizas puestas, estacioné para que descendiera la pareja ante los aplausos tenues que caían del lado izquierdo del taxi. Los despedí con un “Hasta la próxima y suerte”, mientras hacía mi mayor esfuerzo para mantener mi rol de chofer de coche de bodas. La luz de la tulipa del techo se prendió: era hora de volver a mi rutina habitual.

lunes, 19 de octubre de 2009

“Vigilantes, cañoncitos y bombas”

Las historias de taxi no son solo infidelidades y desamores. Hay un montón de otras anécdotas que merecen ser contadas también. Sube al taxi una señora de unos 55 años en el centro y me dice que vayamos a la avenida Alem. Yo le pregunto de manera risueña si íbamos a barrio Firpo (lo hice en tono de broma porque así se llamaba antes el barrio. Actualmente es Barrio Gral. Bustos). La señora sonrió y me dice: “exactamente, al barrio de los baños públicos”. A mediados de 1900 en esa zona, cerca de las vías del tren, funcionaban unos baños públicos donde uno no solo tenía las utilidades propias de un sanitario, sino que también había duchas para higienizarse “al paso”.

“Yo viví toda mi vida allí. Mis padres tenían una panadería en ese lugar. Esa casa tiene mucha historia”, mencionó la pasajera. Pregunta obligada era indagar sobre alguna anécdota. “Uno de mis mayores recuerdos no es precisamente bueno y fue cuando tenía 5 años. Yo soy psicóloga y creo que me ha afectado mucho por el hecho de que aún me acuerdo de aquello”, a modo de introducción me dijo la señora. Su relato siguió: “era el año `55, la época de la Revolución Libertadora, y acá había un lío bárbaro. No se podía andar tranquilo porque había temor por la milicia subversiva. En cada esquina de la avenida Alem había militares apostados con rifles y otras armas”. El nivel de detalles que me mencionaba la pasajera me mostraba que el recuerdo estaba vívido e intacto. “A nosotros nos obligaban a fabricar pan para todos los soldados de la zona y, además, repartirlo”, me comentaba la señora. Yo le pregunté si el Ejército o bien el Estado le pagaba aunque sea los insumos, a lo cual la respuesta fue un rotundo no. “Hasta lo del pan todo bien, pero después de unos días, en los fondos de mi casa instalaron como una base para comunicaciones y tenía permanentemente militares en mi casa. En la parte más cruda de la Revolución hubo rumores de que bombardearían la zona de mi barrio, porque aparentemente había llegado a oídos de los subversivos que desde ahí se organizaban operaciones”, apasionadamente seguía su relato la pasajera. Y agregó:”en un momento nos obligaron a cerrar la panadería y a meternos todos en una pieza. A las horas, nos balearon la casa, aparentemente los rebeldes, y nos destruyeron parte de la edificación. Se escuchaban gritos y corridas. Las órdenes que el oficial de telecomunicaciones daba por medio del aparatejo que estaba instalado en mi casa no paraban. Fue terrible”.

El viaje estaba llegando a su fin, y la señora seguía contándome por menores y detalles de la historia, cosas que uno jamás se enteraría por medio de un libro de secundaria o univerdad. Una cuadra antes de llegar a destino me quedaba una duda, pese al gran poder de síntesis y relato que tenía la pasajera: si alguien le había pagado los daños de la casa. Le trasladé mi inquietud y la pasajera irónicamente me contestó: “No, pero a lo mejor pronto”. Ahí me di cuenta qué pregunta estúpida hice.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La tarifa aérea

Como la función de este blog no es solo “botonear” historias que me han contado diferentes pasajeros, hoy he decidido ponerme en rol de informador. Si bien lo que voy a contar no es nuevo, para aquellos que no viajamos asiduamente en avión quizás sea toda una novedad.

Desde hace más de 2 años rige un sistema paralelo de tarifas en la Ciudad de Córdoba para los taxis. Todos los viajes que tienen su origen en el aeropuerto tienen un costo inicial (bajada de bandera) 4 veces mayor que el que se inicia en cualquier otro punto de la ciudad. Por ejemplo, actualmente la bajada de bandera común tiene un valor de 3.25 pesos, mientras que la tarifa aeroportuaria asciende a los 13.00 pesos.

Esto es así porque los taxista que pertenecen a la “élite” del aeropuerto suplicaron tener una tarifa diferenciada porque no les era rentable esperar casi 2 horas hasta que llegue un vuelo, mientras hacían sociales y jugaban a las cartas, y realizar un viaje a barrio Poeta Lugones por 10 míseros pesos. “Concedido”, dijo el hada madrina del Consejo Deliberante (o Consejo Delirante, como le guste) y hoy la tarifa aérea es un hecho. Ya lo creo que es aérea, si está por las nubes (CUAK).

No tengo problema en referirme a este abuso, ya que yo no reclamé para que se implemente esta tarifa complementaria, ni pertenezco al "grupo de beneficiarios". Legalmente podría levantar pasajeros en el Aeropuerto y cobrar esta bajada de bandera recargada. Fácticamente no puedo, si es que me quiero ahorrar un par de problemas provenientes de mis colegas de la élite.

Un detalle: los remises (verdes) no tienen esta tarifa complementaria. Si usted llama a alguna remisería para que lo vayan a buscar al Aeropuerto, se ahorra unos buenos manguitos.